jueves, 8 de mayo de 2008

Noticia 08-05-08



Por Jorge A. Otaola

FUTALEUFU, Chile (Reuters) - Pese a ver a su pueblo cubierto en cenizas, a la incertidumbre y a la dependencia de ayuda oficial para sobrevivir, un puñado de chilenos sigue aferrado a no dejar su casa en Futaleufú, sin importar la amenaza que representa el cercano volcán Chaitén.

Convertido en el lugar habitado más cercano al macizo luego de la evacuación total de la localidad de Chaitén, Futaleufú es un pueblo fantasma en el que ahora viven unas 500 personas, un cuarto de su población usual, que miran con lástima sus hogares pero no temen por su seguridad personal.

Fuerzas de seguridad llegaron el jueves al lugar para quitar las cenizas de los techos de las casas de quienes decidieron quedarse, por temor a que haya derrumbes.

"No me voy porque me da miedo dejar las cosas, hay que cuidar a los animales. Parte de mi familia se fue, yo resisto," dijo José Marciano, un trabajador del campo de 74 años con la cara cubierta por un barbijo y amante del lugar que habita desde hace 40 años.

La actividad más intensa del volcán, que desde el viernes pasado comenzó a escupir cenizas y material incandescente, se registró cerca de la medianoche del miércoles, con ruidos, temblores y una tormenta eléctrica en su cráter. Luego cesó su fuerza.

Gran parte de los habitantes de Chaitén, pueblo ubicado a unos 15 kilómetros del volcán y totalmente evacuado, fueron trasladados a albergues habilitados en la ciudad sureña de Puerto Montt.

Pero a Futaleufú, que aunque está más lejos del macizo -a unos 70 kilómetros- es uno de los más afectados porque es hacia donde los vientos han llevado más cenizas, las autoridades aún traen cajas con alimentos, que duran unos 15 días a una familia de cuatro personas.

También transportan agua potable en camiones cisterna porque las napas superficiales están contaminadas.

DE PELICULA

El centro del poblado parecía de película, con la iglesia, la sede de un banco comercial y los colegios cerrados; los arbustos y los juegos públicos de niños cubiertos de cenizas y el color gris dominante en la escena.

Futaleufú ve lejos los casi 1.300 kilómetros al norte que lo separan de Santiago, la capital chilena.

Pero tiene más cerca a la frontera con Argentina, pese al intrincando camino montañoso de unos 10 kilómetros que los separa, y es por esa razón que por allí han sido evacuados la mayoría de sus pobladores.

En autobuses han viajado en los últimos días decenas de personas hasta la ciudad argentina de Bariloche, desde donde son llevados nuevamente a Puerto Montt en Chile, a albergues o casas de familiares.

Dos perros tomaban agua en la entrada a la alcaldía, mientras que los pocos pobladores que se resisten a dejar el lugar bregaban por ayuda y descargaban ciertas tensiones contando sus inesperados protagonismos.

"Tengo fortaleza y nostalgia, nací y me crié acá, por eso no me voy," relató a Reuters la vecina Ediltrudis Pezo Guzmán.

La lluvia de unas pocas horas atrás ayudó a quitar parte del polvillo que producen las cenizas, las que por efecto del viento complican la visibilidad en gran parte de las ciudades patagónicas cordilleranas de Argentina.

Con riego artificial buscan compactar a las cenizas, pero incesantemente llegan otras traídas por los vientos.

Los Carabineros chilenos y la Gendarmería argentina dan consejos en la frontera por los riesgos que se tienen en las polvorientas rutas de ripio de la zona.

AUXILIO

La ceniza también cubre el piso del despacho del alcalde de Futaleufú, Arturo Carvallo, de 57 años y en su segundo mandato, quien expresó: "La gente viene a la alcaldía para pedir lo que se necesita."

Las organizaciones de servicio y ayuda del lugar formaron un comité de emergencia.

Los empleados de la alcaldía reciben a los pobladores, que repiten preguntas que no pueden ser respondidas, como cuándo terminará el desastre y podrán volver la normalidad.

Los campos de la zona tienen un manto variable en altura de cenizas, con animales que también son evacuados o ayudados con alimentos aportados por el Gobierno chileno.

Unos muy pocos vacunos, equinos y ovinos se observan entre la montaña, mientras que los habitantes que resisten miran y rezan para que el volcán Chaitén no siga en actividad.

"No estamos acostumbrados a esto, nosotros sabemos, jugamos con la nieve," dijo un niño de unos 10 años, mientras permanecía tomado de la mano por su papá a la espera de indicaciones para ayuda oficial.

En un camino de ripio en la frontera con Argentina, no muy lejos del pueblo, una señora con dos niños hacía los trámites para dejar su país entre lágrimas. Quería quedarse pero temía ante la posibilidad de que los efectos de las cenizas afecten a los menores.

Los automóviles aparcados en las calles de Futaleufú parecían estatuas grises y el silencio era ensordecedor.

"Da mucha lástima ver esto así," expresó José Balboa, otro lugareño.

(Reporte de Jorge Otaola, Editado por Silene Ramírez)

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